Azulgrana desde la Madeleine

Azulgrana desde la Madeleine

Ousmane Dembélé es un jugador criado en un barrio caliente, con el balón como motor de vida; un talento puro que gozaba jugando en la calle y que adquirió una habilidad propia de los que han de superar los obstáculos

Hubo una época en que la luz de la Madeleine, suburbio popular de Évreux, en la Normandía, la ponían los coches incendiados. Días en que la escena la pintaban barricadas, persecuciones policiales y situaciones de violencia. La muerte de dos jóvenes de ascendencia africana el 27 de octubre de 2005 en Clichy-sous-Bois, en la periferia de París, cuando huían de la policía, fue la mecha que encendió las banlieues de gran parte del país. La Francia más humilde, hija de la inmigración, alzó la voz para reivindicar la dureza de la vida en algunos barrios, a menudo despreciados como guetos.

Fueron jornadas duras, difíciles en las calles de la Madeleine, los mismos donde Ousmane Dembélé empezaba a dar patadas a un balón. Su madre, Fatimata, de sangre mauritana, se había asentado en la zona hacía un tiempo, acompañada del nuevo futbolista del Barça y de sus hermanos: otro niño y dos niñas. "Crecer en un barrio así, complicado, te reafirma el carácter, te obliga a ganarte el respeto", confirmaba en declaraciones a L'Équipe Mikael Silvestre, 40 veces internacional con Francia y figura influyente en el paso de Dembélé por Rennes .

"La Madeleine es un lugar caliente, un barrio popular, de franceses con raíces africanas", describe Ahmed Wahbi, que, paseando entre edificios uniformes y desgastados, lo vio por primera vez. "Ousmane tenía 6 años, estaba jugando con unos amigos y lo vi tocar el balón, su técnica ..., le ofrecí venir al club donde yo entrenaba, el ALM Évreux", rememora: "Recuerdo que el primero que me preguntó fue si tendría un uniforme de fútbol. Y si habría un árbitro ..., aquello lo sedujo".

La Francia campeona del mundo de 1998 en Saint Denis fue la cara más amable de la pluralidad. "Siempre entendimos la diversidad como una riqueza. Aquel equipo comenzó generando polémica y terminó en unanimidad. Cada habitante se podía ver reflejado en un jugador u otro", afirma Christian Karembeu, miembro de aquella generación dorada en la que gente como Didier Deschamps, Fabien Barthez y el exazulgrana Laurent Blanc lucharon de la mano con los Zinedine Zidane, Liliam Thuram y Thierry Henry, hijos de la inmigración, para un mismo escudo.

Dembélé apenas tenía un año cuando su ahora seleccionador alzó la copa del mundo en el cielo de París, pero muchos consideran que lo fue más que fútbol; fue la unión entre las diferentes tonalidades de un país global y la demostración de que, incluso en las esferas más complicadas, donde prosperar implica sudor innegociable del día a día, también hay lugar para soñadores. El balón nos iguala a todos y en las periferias de las principales ciudades francesas ejerce de vehículo integrador.

Y para Ousmane siempre fue su motor de vida. "Ha pasado todo muy rápido, casi sin tiempo de darse cuenta de ello. Aún recuerdo cuando llegaba a los entrenamientos, no se perdía ni uno: dos a la semana entre los 6 y los 8 años y, a partir de entonces, tres", continúa Wahbi. Y explica: "Era un chico disciplinado, muy pendiente de su madre, pero a veces ella me llamaba porque no había vuelto del entrenamiento. Resulta que se quedaba en la calle para continuar jugando con sus amigos".

Primeros colores 

Ha pasado una década escasa de aquellas tardes de fútbol y Dembélé ha saltado de las calles de la Madeleine en el césped del Camp Nou con la misma determinación con la que elimina los rivales, como si para cumplir un sueño fuera poco a visualizarse el. Y él lo hacía a menudo. "Era la época del gran Barça: de Xavi, de Iniesta ..., y, claro, de Messi. Y los chicos les encantaba, además nosotros vestíamos de azulgrana habitualmente. En los entrenamientos intentaban copiar las jugadas de los partidos.

Yo aprovechaba para decirles que tenían que entrenarse mucho para llegar a este nivel ", añade Ahmed Wahbi. Aunque, para Dembélé, un talento puro, tal vez era sólo cuestión de tiempo encauzar su futuro. Lo que tardó en llamar la atención de clubes importantes de la zona: el Caen, Le Havre, el Rennes y incluso el PSG. Llegó a tener todo acordado con el Le Havre, cuna de algunos de los últimos talentos del fútbol francés como Paul Pogba, Riad Mahrez y Dimitri Payet, pero con 13 años acabó desplazándose a la Bretaña, en Rennes.

Un diamante sin freno

"La primera vez que lo vi fue en una estancia que hicimos de tres o cuatro días. Estábamos todos los entrenadores del centro de formación del Rennes. Y la impresión fue unánime: era muy bueno. Ya tenía esta habilidad única para desbordar, aunque todavía no había desarrollado la velocidad que tiene ahora", narra Yannick Menu, que acompañó gran parte del desarrollo de Ousmane en la capital bretona, primero como su entrenador y luego como director del fútbol base.

"Disfrutaba jugando, tenía esta habilidad del jugador de calle. Su madre me explicó que desde que era un niño caminaba siempre con un balón en el pie, fueran donde fueran. Cuando se lo sacaba, se ponía a llorar ", explica quien entonces era su mentor. "La habilidad que tiene se consigue jugando en la calle, donde el terreno no es regular y está lleno de obstáculos", corrobora Wahbi.

La cuadratura del círculo

Y, capaz de salir airoso de las peores cruces futbolísticas, Dembélé avanzó tan rápido como se lo permitieron. "Hubo una época en que tuve un enfrentamiento con el club: yo creía que ya estaba preparado para entrenar con los profesionales y no lo hacía", lamenta Menu. Pero, a pesar de la indecisión, el 6 de septiembre de 2015, ante el Angers, defendió por primera vez la camiseta del Rennes. El resto es historia. Un hat-trick en el derbi bretón ante el Nantes, una gran actuación en el majestuoso Vélodrome de Marsella y un puñado de buenas prestaciones llamaron la atención del mundo. Y sí, llegó al Barça. Pero su decisión fue Dortmund.

"Él lo tenía muy claro en todo momento, quería un club intermedio para jugar, aunque Barcelona estaba en su cabeza", asegura Yannick. Dembélé tuvo la personalidad de esperar, de elegir el camino más largo, de dejar pasar un tren para cogerlo dos estaciones más allá. Y su talento le correspondió. No tardó en meterse en el bolsillo uno de los estadios más fervientes del fútbol alemán, el Westfalenstadion y su muro amarillo, la Südtribune, espoleada por un futbolista rebelde, siempre retador, imprevisible, dotado tanto para salir por la izquierda como por la derecha, incapaz de decir en una entrevista cuál es la buena. "yo sé qué pierna manejaba mejor de pequeño, pero si no lo dice él, no veo por qué lo tengo que decir yo. Entrenábamos bastante la mala", río Wahbi, que si cierra los ojos todavía debe imaginar Ousmane caminando por la Madeleine. Al fin y al cabo, no ha pasado tanto tiempo. Pero Dembélé ha tenido tiempo de cerrar el círculo, de cumplir el sueño de todos sus compañeros en el ALM Évreux y vestirse de nuevo de azulgrana.

Pero esta vez el de verdad, el de Leo Messi, que hoy es de carne y hueso para él, con quien puede compartir el hoy y el mañana, un camino que sólo se ha visto interrumpido por una inoportuna lesión. "Ousmane es fuerte, yo no lo recuerdo nunca lesionado. Volverá con más fuerza porque es un chico con un carácter terrible", apunta Yannick Menú. "Es donde siempre ha querido ser y con gente que admira, superará el que sea", avisa Ahmed Wahbi, que sabe de dónde viene y hacia dónde va Dembélé, desde las calles de la Madeleine hasta un Camp Nou que siempre ser su cielo.

Força Barça
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